La investigadora ha comprendido que para sanar el paisaje no basta con el esfuerzo físico; es necesario escuchar lo que el suelo dice en su lenguaje más íntimo. A través de un proceso de metabarcodificación de ADN, Dewayanti y su equipo identifican los microbios que habitan bajo la superficie, permitiendo que una inteligencia artificial traduzca esa salud invisible en instrucciones claras para los agricultores. Esta técnica permite distinguir entre los microorganismos que protegen la raíz y aquellos que la asfixian, devolviendo la precisión a una labor que durante siglos dependió de la intuición y el azar.
En el centro de esta transformación se encuentran cinco grupos de agricultores y 50 mujeres que, organizadas en cooperativas, han aprendido a transformar la semilla de la sacha inchi en aceites de alto valor. Lo que antes era un terreno agotado por el monocultivo de maíz ahora se entrelaza con las guías de esta planta trepadora, cuyos frutos deben ser tostados con cuidado para neutralizar su amargor natural y liberar sus nutrientes.
El proyecto no solo busca restaurar la tierra, sino también el cuerpo. En una región marcada por la escasez de lluvias y suelos difíciles, la integración de la sacha inchi —rica en Omega 3, 6 y 9— junto al maíz tradicional promete cubrir la mayor parte de las necesidades alimentarias de las familias locales. Es la ciencia puesta al servicio del hogar, donde la precisión del laboratorio encuentra su sentido final en la seguridad de una cosecha compartida.
Al caminar por las parcelas de Labuan Bajo, el cambio se manifiesta en el gesto de las mujeres que gestionan las prensas de aceite. Han dejado de ser espectadoras de la degradación de su entorno para convertirse en las arquitectas de su recuperación. El suelo, antes mudo y estéril, vuelve a hablar a través de la tecnología y el trabajo constante, demostrando que incluso la tierra más cansada puede sanar cuando se la entiende con profundidad y respeto.