Durante cuatrocientos años, los ríos de Inglaterra han corrido huérfanos de su ingeniero más diligente. La persecución sistemática por su piel, su carne y el castóreo —aquella secreción buscada por perfumistas y boticarios— borró al castor del mapa británico, dejando los ríos a merced de la erosión y las crecidas. Ahora, la decisión de los responsables del Dorset Wildlife Trust de liberar a estos animales sin el refugio de vallas o cercados marca una transición profunda: de la observación cautelosa a la convivencia plena.
Al permitir que los animales deambulen y establezcan sus territorios en libertad, el ser humano renuncia a una parte de su control sobre el paisaje. El castor no pide permiso para talar un sauce o inundar un prado; lo hace siguiendo un instinto que precede a las fronteras actuales. Sus dientes, reforzados con hierro que les otorga un color anaranjado intenso, son capaces de derribar maderas duras para crear humedales donde antes solo había canales rectos y predecibles.
La base de este movimiento se encuentra en la paciencia de quienes vigilaron a las poblaciones del río Otter en la vecina Devon. Allí, tras años de estudio científico, se comprobó que el trabajo del castor no solo previene inundaciones río abajo, sino que limpia el agua y ofrece un refugio a peces, aves e insectos. La ley inglesa finalmente reconoció este esfuerzo en octubre de 2022, otorgando protección legal a la especie y permitiendo que este nuevo grupo en Dorset pueda habitar la tierra sin el temor a ser perturbado.
En el gesto de liberar a estos cincuenta individuos reside una convicción sencilla: que la naturaleza posee una inteligencia propia para sanar sus heridas si se le devuelve el espacio necesario. Mientras los técnicos preparan los traslados, saben que cada madriguera construida será un pequeño triunfo frente a la aridez de los siglos pasados.