La intervención que le devolvió la vista duró apenas veinte minutos. En ese breve lapso, un equipo de cirujanos voluntarios realizó una incisión de apenas dos milímetros en la córnea para insertar una lente intraocular plegada que, al expandirse, sustituyó al cristalino opaco por las cataratas. Para Khoza, el tiempo real no se midió en esos minutos de técnica precisa, sino en el año de espera que debió afrontar antes de llegar a esta camilla en el sector público sudafricano.

Dentro del quirófano, el rigor médico convivía con una calidez inusual. Mientras los cirujanos operaban bajo el microscopio, los altavoces dejaban sonar música góspel, una melodía que buscaba sostener el ánimo de los doctores durante las largas jornadas de este maratón quirúrgico. El doctor Tebogo Fakude, cuya propia madre padece ceguera, describe su labor no solo como un acto médico, sino como un alivio contra la depresión que el aislamiento visual impone a los ancianos.

A pocos metros de distancia, Molefe Mokoena, de 72 años, compartía esa misma urgencia de recobrar el mundo. Su deseo, una vez recuperada la visión, es tan sencillo como vital: volver a conducir su vehículo y poder distinguir, sin el velo de la enfermedad, los rostros de sus bisnietos. En un sistema donde el 84 % de la población depende de una red pública con escasos especialistas, la voluntad de estos médicos permite que la luz deje de ser un privilegio reservado para quienes pueden pagar la cirugía privada.