Echuya es un archipiélago de biodiversidad de 3.400 hectáreas, situado en la falla del Rift Albertino. Su corazón es el pantano de Muchuya, una turbera de alta montaña con depósitos que alcanzan los seis metros de profundidad, un archivo natural de milenios de historia climática. Durante décadas, la presión demográfica —unas 300 personas por kilómetro cuadrado— ha empujado a los habitantes a entrar en la reserva en busca de leña y plantas medicinales. Loy, a través de la iniciativa AfricElle, ha decidido que la protección del bosque no puede lograrse mediante prohibiciones, sino otorgando a las mujeres el conocimiento y las herramientas para liderar su propia economía sostenible.

Hasta la fecha, el proyecto ha logrado plantar 7.500 árboles en el paisaje que rodea Echuya. Al proporcionar alternativas para la obtención de madera y recursos, se reduce la necesidad de intervenir en el hábitat de la curruca, un ave que solo sobrevive en estos ecosistemas específicos de montaña.

A pocos kilómetros de allí, cruzando la frontera con Ruanda, el agricultor Erneste Twagirimana trabaja en su parcela de la aldea de Muyebe. Su mirada se dirige con frecuencia hacia el bosque de Busaga, un fragmento de selva de apenas 152 hectáreas que corona las colinas del distrito de Muhanga. Busaga es el único sitio de cría conocido en todo el país para el buitre encapuchado, un ave cuya piel facial, en momentos de agitación, cambia de un rosa pálido a un rojo intenso.

Erneste planta árboles de aguacate Hass y Fuerte, distribuidos con el apoyo de Nature Rwanda. Cada brote que echa raíces en su tierra es un escudo para el bosque: si los agricultores pueden obtener ingresos y sustento en sus propios campos, los grandes árboles de Busaga permanecen intactos para que los buitres construyan sus nidos en las horquillas de las copas más altas. Gracias a este esfuerzo comunitario, Busaga ha sido designado oficialmente como Área Clave para la Biodiversidad.

La labor de Loy en Uganda y de Erneste en Ruanda no nace de una teoría abstracta, sino de la comprensión profunda de su entorno. No esperan a que las grandes instituciones resuelvan la crisis climática; actúan sobre la tierra que pisan, sembrando la madera y el fruto que permitirá que el bosque siga perteneciendo, en silencio, a las aves que lo habitan.