En el corazón de la cuenca del Kilombero, la expansión agrícola había comenzado a erosionar la salud del suelo y la estabilidad de las fuentes de agua. Ante esta urgencia, Sor Eusebia Punduka, junto a Sor Narisisa Kilenga, decidió convertir las tierras de la diócesis en aulas vivas. No se trata de una instrucción teórica, sino de un proceso de observación donde los agricultores locales acuden para ver cómo la integración de árboles en sus parcelas retiene la humedad y devuelve la vitalidad a la tierra agotada.
El trabajo de estas mujeres, apoyado por la iniciativa SUSTAIN Eco de la African Wildlife Foundation, ha logrado que la comunidad asuma la restauración de la subcuenca de Mngeta como una responsabilidad compartida. La imagen de las copas de los árboles emergiendo entre los campos de cultivo es hoy un testimonio visual de una transición silenciosa pero firme hacia una agricultura que convive con el bosque en lugar de desplazarlo.
La importancia de este esfuerzo trasciende las fronteras de las pequeñas parcelas de uno o dos hectáreas que manejan las familias. El valle de Kilombero funciona como un ecosistema crítico donde la supervivencia del antílope puku y de aves endémicas depende del equilibrio entre la actividad humana y la preservación del humedal. Al asegurar que el agua siga fluyendo hacia el río Rufiji, las lecciones de sor Eusebia protegen tanto el sustento de los pueblos río abajo como la integridad de los parques nacionales vecinos.
Cada árbol plantado en los terrenos de la misión es una barrera contra la sedimentación y un refugio contra el calor del verano africano. En la mirada de los agricultores que se reúnen bajo el dosel incipiente, se percibe el entendimiento de que la salud de sus familias está ligada de forma irreversible a la salud de la cuenca que habitan.