Durante más de cien años, esta planta solo existió como un fantasma de celulosa en los archivos del Herbario Nacional de Peradeniya. Eran ejemplares secados entre hojas de periódicos del siglo XIX, cuyas prensas dejaron marcas de tinta invertida sobre el papel amarillento. Mientras el paisaje de la isla se transformaba en un tapiz geométrico de 200.000 hectáreas de té, la especie se retiró a los escasos refugios de las crestas montañosas, lejos del alcance humano, hasta que el ojo experto de Gopallawa reconoció su silueta en la finca Queensberry.
La recuperación no se ha quedado en el hallazgo académico. En el vivero de Dilmah Conservation, las semillas recolectadas de esa planta madre fueron cuidadas hasta convertirse en brotes firmes. El regreso a la tierra se ha producido en las mismas pendientes de Nuwara Eliya donde la especie solía prosperar antes de que la economía del café y el té redibujara la orografía del distrito.
El doctor Gopallawa ha comprendido que la supervivencia de una especie no depende de cercados, sino de la mirada de quienes habitan el lugar. Por ello, ha integrado a los trabajadores de la finca en el proceso de monitorización. Ahora, los recolectores de té, cuyas manos están acostumbradas a la rapidez del brote comercial, aprenden a distinguir el tacto ceroso y firme de esta hoja singular.
Este acto de restitución, apoyado por la Wildlife and Nature Protection Society y Hemas Holdings, devuelve a la montaña una pieza de su memoria botánica. No se trata de una transformación del paisaje, sino de un gesto de reparación silencioso: devolver a su sitio aquello que el hombre, en su prisa por cultivar, simplemente olvidó que existía.