Acompañado por S.S. Dash y Rohan Maity, investigadores del Herbario Nacional Central, Tiwari recorrió las tierras gestionadas por la comunidad Apatani. Allí, donde la agricultura tradicional se funde con la selva, observaron una planta trepadora que alcanza los cuatro metros de altura, coronada por flores que viran del blanco al crema. Sin embargo, fue el fruto el que reveló el secreto de su linaje: una baya pequeña, de color verde oliva, cuya piel muestra un delicado patrón reticulado, una suerte de red natural que la distingue de sus parientes cercanos.

Hasta este hallazgo, el género Actinidia —conocido mundialmente por el kiwi comercial— se consideraba un extraño en la botánica silvestre de la India. Las plantaciones que sostienen la economía de la región dependen de variedades introducidas desde China a principios del siglo XXI. La Actinidia indica, en cambio, ha crecido en silencio bajo el cuidado indirecto de los sistemas agroforestales indígenas, integrada en un ecosistema que los científicos apenas comienzan a inventariar con precisión.

El análisis taxonómico realizado en Howrah confirmó que se trata de la especie número cincuenta y seis de su género a nivel global. Para los investigadores, la relevancia del encuentro no reside en la utilidad comercial inmediata, sino en la comprensión de la diversidad del Himalaya oriental. En esas laderas, la naturaleza ha diseñado una versión propia de un fruto universal, protegida por la textura densa y vellosa de sus tallos jóvenes, perfectamente adaptada al rigor y la humedad de la montaña.