La historia de este dispositivo comenzó con una carencia estadística que Arthur Zang transformó en una misión personal. Siendo un joven informático en la Escuela Politécnica Nacional de Yaundé, descubrió que apenas medio centenar de cardiólogos debían atender a una población de más de veinte millones de personas. La mayoría de estos especialistas se concentraban en las metrópolis, dejando las regiones rurales en un vacío diagnóstico donde un dolor en el pecho era una sentencia sin nombre.
Zang, cuya formación original no incluía la ingeniería electrónica, pasó noches enteras frente a la pantalla de su ordenador estudiando conferencias gratuitas del Instituto Tecnológico de la India. Allí aprendió, a través de videos de acceso libre, cómo ensamblar los circuitos y sensores que darían vida al primer prototipo del Cardio-pad. Tras conseguir una financiación inicial del gobierno tras un llamamiento en una plataforma de vídeos, fundó Himore Medical Equipments para fabricar el dispositivo en su propio país.
El funcionamiento es de una sobriedad efectiva: cuatro electrodos inalámbricos se colocan sobre el torso del paciente y transmiten la señal rítmica a la tableta. La información viaja por la red móvil hasta un cardiólogo que, desde su despacho en la ciudad, analiza el gráfico y devuelve un diagnóstico y una prescripción en cuestión de minutos. El dispositivo ha sido diseñado con una batería que resiste seis horas de trabajo continuo, una precaución necesaria en lugares donde la electricidad es un lujo intermitente.
A través del programa Africa Cardiac Care, el acceso a este examen especializado se ha democratizado mediante suscripciones anuales accesibles para familias de ingresos medios y bajos. Zang ha logrado que la técnica no sea un fin en sí mismo, sino un lenguaje que permite al corazón humano hacerse oír más allá de los caminos de tierra y las distancias insalvables de la geografía africana.