La cooperativa se formó en 2021, después de que sus integrantes participaran en los talleres IMAGINE de la High Atlas Foundation. Más del ochenta por ciento de las mujeres rurales que pasan por esos talleres en Marruecos nunca aprendieron a leer; muchas dejaron la escuela a los siete u ocho años. Cuando el negocio empezó a crecer —pedidos, envíos, ventas en internet tras un taller de comercio electrónico del programa Farmer-to-Farmer—, la imposibilidad de descifrar una factura dejó de ser una carencia abstracta y se convirtió en un obstáculo diario.
Así que la clase de alfabetización familiar, iniciada hacia 2022, se volvió indispensable. Y cuando el dinero que la sostenía se agotó, las mujeres siguieron acudiendo por su cuenta.
El tiempo es precioso como el oro. Si lo usas bien, tendrás éxito.
Las alfombras se tejen con lana de ovejas criadas en la zona y se tiñen con plantas del lugar: raíz de rubia para el rojo, cáscara de granada y henna para los amarillos y ocres, cáscara de nuez para el marrón oscuro. Los motivos, dicen las tejedoras, hablan de la convivencia entre musulmanes y judíos en esta región. No es una metáfora: el terreno del vivero de árboles frutales que hay junto a la aldea, plantado en 2012 al lado del santuario del rabino Raphael Hacohen, fue donado por la comunidad judía marroquí, y los cuidadores musulmanes del cementerio lo mantienen desde hace generaciones.
El calendario ha cargado esta fecha de significados que se superponen. El 8 de septiembre se celebra desde 1967 el Día Internacional de la Alfabetización, y el tema de la UNESCO para este año aborda la alfabetización en tiempos de transición. El mismo día, en 2023, a las 23:11, un terremoto de magnitud 6,8 sacudió la provincia de Al Haouz. Murieron cerca de tres mil personas y unas sesenta mil viviendas quedaron dañadas o destruidas; aldeas enteras de piedra y barro desaparecieron. Akrich está en ese distrito.
Tres años después, las mujeres de la cooperativa siguen sentándose una vez por semana alrededor de las mismas letras. Nadie las paga por hacerlo. Nadie las supervisa. Aprenden porque el negocio que construyeron con lana, rubia y paciencia exige que sepan leer lo que firman.