En el corazón de O Porriño, donde el polígono industrial de As Gándaras pareció durante años asfixiar el curso del río Louro, la naturaleza ha recuperado un habitante que se creía perdido para siempre. Los naturalistas de la Sociedade Galega de Historia Natural han documentado y fotografiado la presencia del galápago europeo en este espacio de la Red Natura 2000, un animal cuya supervivencia depende de la pureza de estas aguas y de la quietud del lodo.
La recuperación no ha sido fruto del azar, sino de una intervención paciente sobre el terreno. Durante años, manos humanas se ocuparon de retirar las especies invasoras que habían usurpado el lugar del galápago —especialmente el galápago de Florida— y de gestionar los niveles de agua para que la vegetación acuática original volviera a brotar. El Emys orbicularis, una criatura de una longevidad asombrosa pero de una vulnerabilidad extrema, requiere suelos blandos para invernar y rincones despejados donde el sol pueda calentar su sangre fría.
Este animal es el símbolo de una victoria silenciosa. Su fisonomía, grabada con un patrón de puntos amarillos que imita el juego de luces y sombras del bosque sobre el agua, le permite ser invisible para sus depredadores. Sin embargo, no pudo ocultarse de la degradación industrial que fragmentó su hogar en el siglo pasado. Su reaparición en las Gándaras de Budiño señala que el ecosistema ha recuperado la complejidad necesaria para sostener la vida más allá de lo inmediato.
Para los investigadores que han seguido sus huellas, ver de nuevo al galápago excavando su nido en la tierra suelta es asistir a un acto de justicia histórica. No se trata solo de la supervivencia de una especie, sino de la restauración de un equilibrio que el hombre rompió y que ahora, con la misma determinación, se ha propuesto devolver a la tierra gallega.