La historia del ojushte es la de una resistencia silenciosa. Tras los sucesos de 1932, cuando la persecución estatal empujó a las poblaciones indígenas a abandonar sus ropajes, su lengua y sus alimentos tradicionales para sobrevivir, la semilla del Brosimum alicastrum quedó relegada al consumo de emergencia o al forraje. Sin embargo, en el Festival del Ojushte celebrado en Izalco, la técnica ha recuperado su dignidad: las semillas caídas se recogen, se lavan y se cuecen con ceniza, siguiendo un rito de preparación que devuelve al fruto su versatilidad gastronómica.

Henríquez, un joven cocinero con la mirada puesta en la raíz, ha logrado que esta semilla, antes despreciada por su asociación con la escasez, se convierta en preparaciones gourmet. En sus manos, el ojushte revela un perfil nutricional que desafía la lógica de los monocultivos modernos. No necesita químicos ni riego intensivo; el árbol simplemente ofrece sus frutos cuando la tierra está más seca, en un gesto de generosidad que las comunidades locales han vuelto a interpretar como un acto de justicia histórica.

El núcleo de esta recuperación no reside en las cocinas de alta gama, sino en el esfuerzo cotidiano de las cooperativas de mujeres del Proyecto Mana Ojushte. Durante más de una década, estas trabajadoras han perfeccionado el secado al sol y la molienda, asegurando que el conocimiento ancestral no se pierda con la última generación de abuelas. El proceso es pausado: la semilla debe ser tratada con el respeto que exige un alimento que no contiene gluten y que posee un bajo índice glucémico, ideal para una población que busca alternativas saludables en su propia tierra.

Al final del día, bajo la sombra de los árboles centenarios que purifican el aire de Sonsonate, una ceremonia ancestral cierra el festival. No hay triunfalismo en los gestos de quienes participan, sino una satisfacción tranquila. Han comprendido que el futuro no siempre consiste en inventar algo nuevo, sino en recoger con cuidado aquello que nuestros antepasados dejaron caer en el suelo del bosque, esperando el momento exacto para ser redescubierto.