Cuando llamó a Give Life Alberta, el programa provincial de donación, preguntó por el riñón. El equipo le explicó que también podía donar una parte del hígado, pero con una condición: si quería hacer las dos cosas, el hígado tenía que ir primero. Rozema, que entrena a equipos de voleibol y está casada con Dean Rozema, aceptó ese orden.
La evaluación duró unos tres meses. En 2021 entró en el quirófano del University of Alberta Hospital, en Edmonton, y una parte de su hígado fue para un bebé al que nunca ha conocido. La donación fue anónima. Sus hijos tenían entonces once, nueve y nueve años.
La recuperación no fue sencilla. Pasó seis días en el hospital y al principio tenía náuseas y le costaba comer. Pero el hígado hace algo que ningún otro órgano hace: se regenera. En unos tres meses el suyo había recuperado casi su tamaño normal.
Las normas exigían esperar dos años entre una operación y otra. En 2023 volvió al mismo hospital y donó un riñón, otra vez de forma anónima, a una persona en diálisis. Esta vez lo hizo en memoria de la madre de un amigo de la familia, una mujer que esperaba un riñón y murió antes de que el trasplante fuera posible. Rozema salió del hospital a los dos días. Dos semanas después ya hacía ejercicio suave.
En Canadá solo hay un puñado de personas que hayan donado en vida dos órganos. Rozema contó su historia durante la Semana de Concienciación sobre la Donación en Vida, en septiembre, con un propósito sencillo: que otros se lo planteen.
«Se puede donar un riñón o una parte del hígado y seguir llevando una vida sana».
Lo dice Cassandra Garneau, coordinadora de donantes vivos en Give Life Alberta. En la provincia, cualquier adulto puede pedir que lo evalúen como donante sin necesidad de un médico que lo derive, y los gastos médicos no corren a su cargo. Los programas funcionan en el hospital de Edmonton y en el Foothills Medical Centre de Calgary. Quien dona puede elegir a un familiar o a un amigo, o dejar que el órgano vaya a quien lo necesite sin saber nunca su nombre.
Rozema eligió dos veces esa última opción. En algún lugar hay un niño que ha cumplido años gracias a ella, y un adulto que ya no tiene que pasar horas conectado a una máquina de diálisis. Ninguno de los dos sabe cómo se llama.