El equipo del Instituto Nacional de Ciencias de la Arqueología y del Patrimonio (INSAP), en colaboración con investigadores franceses, ha recuperado un conjunto de 21 fragmentos fósiles que incluyen mandíbulas de adultos, la de un niño, vértebras y varios dientes. El trabajo es minucioso: debido a que los restos están atrapados en una brecha de roca cementada, los preparadores deben utilizar pequeños tornos dentales bajo la lente de un microscopio para liberar cada milímetro de hueso sin dañarlo.

Uno de los fémures recuperados conserva las marcas de dentelladas de un gran carnívoro, posiblemente una hiena, lo que sugiere que hace casi ochocientos milenios este lugar no era un asentamiento plácido, sino una guarida de depredadores donde los primeros humanos eran, a menudo, la presa. Esta conexión física con el peligro cotidiano de la prehistoria devuelve a los fósiles su dimensión biológica y sufriente.

Para el paleoantropólogo Jean-Jacques Hublin, del Instituto Max Planck, estos individuos representan el linaje precursor que dio lugar tanto a nosotros como a neandertales y denisovanos. Las mandíbulas muestran una mezcla de rasgos arcaicos y formas que ya anuncian la modernidad, un puente biológico tendido a través del tiempo en un periodo en que el norte de África alternaba entre áridas sabanas y verdes praderas húmedas.

El descubrimiento en la cantera Thomas I desplaza las fronteras de lo conocido en el Magreb. Mientras las excavadoras industriales del siglo pasado buscaban caliza para construir la Casablanca moderna, dejaron al descubierto, sin saberlo, las paredes de las cuevas que protegieron la infancia de la humanidad. Hoy, el gesto paciente de Mohib y sus colegas rescata esa memoria de la piedra, situando el origen de nuestra estirpe en las orillas batidas por el Atlántico.