Para crear una sola pōkeka, la capa impermeable que protegía a los viajeros del frío extremo, un artesano debe recolectar y pelar cuidadosamente cientos de hojas de Celmisia. El proceso es una coreografía de paciencia: se retira el tomentum, esa capa blanca y vellosa que la planta desarrolló para sobrevivir a la radiación ultravioleta, y se entrelaza con fibras de lino. El resultado es una prenda que no solo repele el agua, sino que atrapa el calor corporal en medio de las tormentas de montaña.

La exposición Taku Rau Tīkumu es el fruto de una investigación profunda de los curadores Hamuera y Naomi Aporo-Manihera. Para ellos, no se trata simplemente de exhibir objetos antiguos tras un cristal, sino de reconstruir un vínculo roto. Durante años, estas tradiciones estuvieron en riesgo de desvanecerse, quedando relegadas a relatos orales o a ejemplares solitarios en archivos lejanos. Ahora, el museo se convierte en el espacio donde la ciencia y la genealogía se encuentran.

La importancia del tīkumu trasciende su utilidad técnica. En la jerarquía de los iwi Māori, estas hojas eran ornamentos de distinción, lucidas en las orejas de los jefes o trenzadas en diademas de duelo. Al reunir estos taonga (tesoros), los curadores han buscado devolverle a su pueblo el conocimiento de los lugares y las prácticas de sus antepasados. Como señala Lucinda Jimson, directora del museo, la historia de esta planta es la historia misma de la región.

Reconectarnos con los lugares y los sistemas de conocimiento de nuestros antepasados es vital para nuestro bienestar.

Hoy, el acceso a las zonas de recolección requiere una coordinación precisa con los organismos de conservación, pues el hábitat de la planta está estrictamente protegido. Sin embargo, el esfuerzo de subir a las cumbres persiste. En el gesto de un tejedor que hoy desprende la cutícula plateada de una hoja fresca, se repite un acto de resistencia cultural que se niega a ser olvidado en la bruma de los picos.