El barrio de San Millán ha sido, desde tiempos inmemoriales, el refugio de los hombres que hablan con la arcilla. Allí, donde los hornos morunos se excavaban directamente en las laderas de los cerros, la familia Alameda ha mantenido encendido el fuego de la tradición. Alberto no se ha conformado con heredar el oficio; ha buscado en el pasado los fragmentos de una belleza perdida. Su mayor logro es la resurrección de la cerámica estannífera, un proceso que utiliza el óxido de estaño para cubrir la honesta desnudez de la terracota con una piel blanca y opaca, un lienzo mineral que no se veía en los alfares ubetenses desde hace trescientos años.
La técnica es delicada y exigente. Requiere que el horno alcance temperaturas precisas para que el vidriado se funda sin devorar los pigmentos. En manos de Alberto, el estaño oculta el color rojizo de la tierra local para ofrecer una superficie nívea, un gesto de elegancia que transforma un objeto cotidiano en una pieza de historia viva.
En el taller, declarado Punto de Interés Artesanal por la Junta de Andalucía, conviven épocas y geografías. Mientras Alberto rescata el blanco perdido, su hermano Francisco Miguel trabaja en las cocciones reductoras de herencia hispano-árabe, aquellas que arrancan destellos metálicos al barro como si el fuego atrapara la luz del sol. También perdura el influjo del rakú japonés, una técnica que su padre, Paco Alameda, introdujo en la familia hace cuatro décadas, demostrando que la tradición no es una estructura rígida, sino un organismo que respira y se nutre de lo lejano.
La importancia de este trabajo trasciende el objeto. En una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad, los Alameda no solo fabrican vasijas; preservan la memoria táctil de una comunidad. Al recuperar la cerámica estannífera, Alberto ha cerrado una herida en la cronología de Úbeda, devolviendo al presente una técnica que el tiempo parecía haber reclamado para siempre.