Para comprender la determinación de este hombre, es necesario mirar hacia Olangchung Gola, una aldea remota en la frontera con el Tíbet donde el invierno dura nueve meses. Allí nació Ruit, en una casa sin electricidad donde el destino parecía trazado por la geografía. Siendo niño, caminó durante quince días a través de la nieve para llegar a su primera escuela en la India, una travesía que marcó su comprensión de la distancia y el aislamiento. El motor de su carrera, sin embargo, no fue la ambición académica, sino la pérdida: su hermana menor murió de tuberculosis porque la familia no pudo costear un tratamiento básico. Aquella ausencia temprana se convirtió en la voluntad de asegurar que la pobreza no fuera nunca más una sentencia de oscuridad.

En la década de 1980, junto al doctor Fred Hollows, Ruit perfeccionó la cirugía de catarata de pequeña incisión (SICS). Su técnica es un ejercicio de economía y precisión: un corte en forma de V que se sella de forma natural, eliminando la necesidad de puntos de sutura y reduciendo drásticamente el riesgo de infecciones en entornos rurales. No se detuvo en el procedimiento; en 1994 fundó el Instituto de Oftalmología de Tilganga en Katmandú, donde comenzó a fabricar lentes intraoculares a una fracción del precio del mercado internacional.

Lo que comenzó como una respuesta a las necesidades de las aldeas nepalíes se ha convertido en un modelo global. A través de la Fundación Tej Kohli & Ruit, lanzada en la primavera de 2021, el equipo médico ha recorrido desde las tierras altas de Solukhumbu hasta diversas regiones de África. El objetivo fijado para 2026 de examinar a un millón de personas y operar a 300.000 se ha cumplido bajo la premisa de que la dignidad humana está ligada a la capacidad de valerse por uno mismo.

La técnica quirúrgica permite que el ojo sane por sí solo, cerrando la herida con la misma naturalidad con la que el cuerpo recupera su lugar en el mundo.

Hoy, las lentes fabricadas en el centro de Ruit, que cuentan con certificaciones internacionales de calidad, son utilizadas en más de sesenta países. El hombre que una vez caminó dos semanas para aprender a leer ha dedicado su madurez a acortar la distancia entre la ciencia médica y aquellos que, por azar del nacimiento, quedaron olvidados tras las cordilleras. Su legado no reside en los premios recibidos, sino en los miles de vendajes que, al ser retirados cada mañana en campamentos remotos, revelan de nuevo la luz del día.