El balance de un año de expediciones por las islas de Sulawesi, Maluku y Papúa ha cristalizado en el descubrimiento de treinta y dos especies animales, dieciséis plantas y tres microorganismos. No se trata de hallazgos fortuitos, sino de la culminación de un trabajo de campo que ha cruzado la Línea de Wallace, esa frontera invisible que separa los reinos biológicos de Asia y Australia. Entre las novedades destacan varios insectos, peces y una serie de nuevas Begonias, plantas que a menudo sobreviven en áreas tan reducidas que cualquier cambio en su entorno podría borrarlas para siempre.

La mayoría de estas especies son lo que los naturalistas llaman endemismos estrechos. Son seres que han elegido un solo valle, una sola ladera o un único sistema fluvial para existir, ajenos al resto del planeta. Esta fragilidad convierte el acto de catalogarlas en algo más que un ejercicio académico; es una forma de otorgarles una identidad legal y científica que permita su protección futura en un archipiélago que, aunque solo ocupa el 1,3% de la superficie terrestre, alberga una décima parte de todas las flores del mundo.

La labor actual se apoya en una estructura que hunde sus raíces en el siglo XIX. Las muestras recogidas terminan su viaje en el Museum Zoologicum Bogoriense, donde el aire se mantiene a unos estrictos veinte grados centígrados. Es un frescor artificial que contrasta con el calor pesado del exterior, una medida necesaria para que los delicados tejidos de un crustáceo de Vietnam o una microalga de Nueva Caledonia no se deshagan ante la humedad del trópico.

Al final, lo que queda es la precisión del dato y la calidez del compromiso humano. Cada nueva especie publicada en las revistas científicas representa meses de caminatas por terrenos difíciles y noches de observación bajo el dosel de la selva. En un rincón del mundo donde la geografía fragmenta la vida en miles de islas, estos investigadores trabajan para tejer, nombre a nombre, el hilo que une a todas las criaturas en una única y frágil memoria colectiva.