Allí, en expediciones realizadas en 2012 y en 2016, Ana Almendáriz, Jorge Brito y Santiago R. Ron recogieron los ejemplares de lo que ahora se llama Lynchius romolerouxae. La descripción se publicó en la revista Zootaxa y se dio a conocer a principios de septiembre.
Es una de las ranas más pequeñas de su género. Las hembras miden entre 23,10 y 26,31 milímetros; los machos, entre 19,17 y 23,05. El dorso es de un pardo grisáceo con marcas blanquecinas, un animal hecho para desaparecer contra la roca húmeda.
Su supervivencia en esa cumbre depende de un rasgo del grupo al que pertenece. Las ranas de la familia Strabomantidae no pasan por la fase de renacuajo: la hembra deposita unos pocos huevos en tierra y de ellos salen ranas diminutas ya formadas. Sin charcas, sin arroyos, sin agua estancada. Por eso pueden ocupar crestas frías y expuestas donde ningún anfibio de ciclo acuático resistiría.
Que esta rana siguiera sin nombre hasta ahora tiene una explicación que poco tiene que ver con la biología. La Cordillera del Cóndor fue territorio en disputa entre Ecuador y Perú durante décadas, y en enero de 1995 fue escenario de la guerra del Cenepa, el último conflicto convencional librado en América del Sur. Mientras la frontera estuvo militarizada, los biólogos quedaron fuera. Solo tras el Acta Presidencial de Brasilia, firmada el 26 de octubre de 1998, comenzaron las expediciones binacionales que fueron sacando a la luz plantas, ranas y pequeños mamíferos sin describir.
El género Lynchius se estableció en 2008, en honor al herpetólogo estadounidense John D. Lynch, que dedicó décadas a las ranas de lluvia andinas. Es un grupo reducido, limitado al sur de Ecuador y el norte del Perú.
El nombre elegido para la especie apunta en otra dirección. Katya Romoleroux es botánica ecuatoriana y recibió en 2020 el Premio Nacional Eugenio Espejo. Nombrar una especie por alguien es la forma más duradera que tiene la ciencia de dejar constancia de una deuda.
La misma provincia de Zamora Chinchipe alberga la mina de cobre a cielo abierto Mirador, en Tundayme, operada por Ecuacorriente S.A., que inició su producción comercial en 2019 como la primera gran mina metálica del país. Las concesiones mineras y de exploración cubren buena parte de las estribaciones de la Cordillera del Cóndor. La reserva de 26.114 hectáreas que protege las cumbres se creó en 2010, nueve años antes.