El proyecto, que ha cristalizado en la publicación de un plan de protección colectiva, nace de una necesidad urgente: defender la autoría de los diseños regionales frente a la apropiación de marcas internacionales. Zelmy Domínguez recuerda cómo el bordado pasó de ser una actividad recluida en la privacidad del hogar a una fuerza pública que ha unido a las mujeres de su comunidad. Para ella, el cambio es profundo; las artesanas han pasado de la invisibilidad a ocupar un espacio propio en la economía y la cultura de la península.
La técnica del xmanikté, cuyo nombre en lengua maya significa la flor que nunca muere, exige una paciencia casi religiosa. A diferencia de otros estilos, este no se calca sobre el lienzo; la bordadora debe contar los hilos, uno a uno, para que la figura emerja directamente de la estructura del tejido. Es un ejercicio de precisión matemática y sensibilidad táctil que define la identidad de Tekit, centro neurálgico de la guayabera y el terno tradicional.
La importancia de este esfuerzo radica en la vulnerabilidad de un arte que se transmite de generación en generación. Antiguamente, las bordadoras utilizaban las espinas terminales del maguey como agujas, una conexión física con la tierra que hoy se traduce en la lucha legal por el reconocimiento de su patrimonio. El plan de salvaguardia no solo documenta puntos como el xok-ch’uy o punto de cruz, sino que establece mecanismos comerciales para que los talleres familiares puedan competir sin perder su esencia.
Al final de la jornada, lo que Zelmy y sus compañeras han tejido no es solo una prenda, sino un escudo. Al poner por escrito sus conocimientos y sus derechos, han asegurado que el nombre de quien sostiene la aguja sea tan duradero como la flor de sus bordados.