El sistema que armó no tiene nada de elegante y funciona igual. Extrajo las placas positivas y negativas de baterías de coche abandonadas, las combinó con agua y cableó la casa con circuitos propios, un interruptor por habitación y una pequeña luz roja que avisa cuando hay corriente. Desde entonces suenan las radios y se cargan los teléfonos móviles de la familia.
Antes había probado con el viento. Montó un generador con un motor giratorio, pero las noches quietas de Kavango West lo dejaban a oscuras, y lo descartó. La solución debía ser aburrida y constante, no ingeniosa. Kapumburu eligió la constancia.
Esa aritmética explica por qué nadie iba a llegar hasta Chwagi. La aldea pertenece a la circunscripción de Musese, con 13.659 habitantes, en una región creada en 2013 y que sigue entre las menos electrificadas del país. Las obras avanzan —la empresa distribuidora NORED conectó cerca de doscientos hogares en Nkurenkuru el año pasado— pero avanzan por donde las casas están juntas.
Tampoco es excepcional que un chico de la región deje la escuela. En 2024 abandonaron 809 alumnos en Kavango West; en 2025 fueron 1.460, y solo en el primer semestre de 2026, otros 650. Las autoridades educativas señalan siempre las mismas causas: pobreza, hogares sin adultos, hambre, caminatas largas hasta el aula, trabajo con el ganado o vendiendo pescado.
Kapumburu no se quedó quieto con lo que le quedaba. Construyó además un avión de juguete por control remoto que un día cruzó el río Kavango y aterrizó en Angola.
Creía que solo estaba jugando.
Su madre, Veronica Kapumburu, se emocionó al ver la casa iluminada. Ahora pide algo concreto: que lo admitan en un centro de formación profesional, que alguien le dé por escrito lo que su hijo ya sabe hacer con las manos. Los centros técnicos más cercanos están en Rundu, del otro lado de la región.
Él dice que nunca imaginó que aquellas radios desarmadas fueran a decidir su futuro, y que ahora ve un camino abrirse delante.