El sujeto de este estudio es el Caenorhabditis elegans, una criatura tan elemental que su sistema nervioso consta de exactamente 302 neuronas. Sin embargo, en esa simplicidad reside su valor para la ciencia. Al ser un organismo transparente, permite a los investigadores indios observar los procesos celulares de forma directa, sin las interferencias que suelen ocultar la actividad dentro de cuerpos más complejos.
Hasta ahora, el estudio de la regeneración nerviosa obligaba a los científicos a tomar fotografías estáticas de diferentes sujetos en distintas etapas de curación, o a anestesiar repetidamente a un solo animal, lo que detenía temporalmente la actividad celular. El nuevo método desarrollado en este centro de investigación permite que la vida siga su curso mientras el ojo humano la vigila, revelando cómo los axones —los cables que transmiten los impulsos eléctricos— se extienden y buscan reconectarse tras ser seccionados.
La importancia de este seguimiento minucioso trasciende la biología del gusano. Los mecanismos que utiliza esta criatura para sanar sus circuitos son, en esencia, versiones simplificadas de los procesos que ocurren en el cerebro humano. Al observar la reparación en vivo, los científicos identifican qué señales químicas activan la reconstrucción, una información crítica para desarrollar tratamientos contra el ictus o la epilepsia.
Bajo la lente, el pequeño filamento nervioso herido comienza a emitir brotes, tanteando el vacío hasta encontrar su contraparte. Es un movimiento lento, casi coreográfico, que ocurre en un ser cuya vida entera dura apenas tres días, pero cuya estructura neuronal fue mapeada hace décadas en un documento que los biólogos llaman con reverencia La mente de un gusano. Hoy, esa mente transparente nos muestra el camino de regreso de nuestras propias sombras.