Para los Cucapá, el nombre de su pueblo significa «la gente del río». Sin embargo, el río que antes navegaban en balsas de tule hoy es un eco de lo que fue, alterado por décadas de desviaciones de agua río arriba. En este rincón del ejido El Mayor, al sur de Mexicali, la salud ha seguido el mismo camino de precariedad que el caudal del Colorado. Durante una semana de trabajo de campo, la investigadora Maria Josse Navarro Ibarra y sus colegas se adentraron en la intimidad de veinte hogares para comprender por qué la medicina moderna parecía detenerse antes de llegar a sus puertas.
Lo que hallaron fue una paradoja de vulnerabilidad y apertura. Aunque el programa nacional de vacunación en México incorporó la protección contra el virus del papiloma humano en 2008, la realidad en el delta es otra: el 85% de la comunidad nunca ha recibido una dosis. Entre las madres entrevistadas, cuya edad promedio ronda los 43 años, el temor no es a la medicina, sino a la distancia y a la falta de información que hable su propia lengua o respete sus tiempos.
Navarro Ibarra recuerda con nitidez la «profunda calidez» de los participantes, un gesto humano que desmiente la supuesta resistencia de los pueblos originarios a la intervención externa. No había rechazo, sino una espera silenciosa por ser tomados en cuenta. El proyecto, nacido de una modesta beca de 2,500 dólares de la conferencia Re:Border de la SDSU, busca ahora transformar esa calidez en una estructura permanente. La intención es que grupos rotativos de estudiantes de nutrición y salud pública crucen la frontera cada semestre, no como visitantes fugaces, sino como aliados constantes.
El objetivo final trasciende el dato estadístico. Se trata de coordinar con la Jurisdicción de Servicios de Salud de Mexicali para que las campañas de vacunación dejen de ser eventos esporádicos y se conviertan en un derecho accesible. En el gesto de una madre que acepta participar en un taller preventivo se adivina el inicio de un cambio: el momento en que una comunidad decide que su supervivencia no solo depende de las aguas del río, sino también del cuidado mutuo frente a una enfermedad que la ciencia ya sabe vencer.