José nació en São José do Cerrito, un municipio pequeño de la Serra Catarinense. Fueron 14 hermanos. Cuando él tenía 13 años, su madre murió en Lages, poco después de dar a luz al más pequeño, y la familia se dispersó. Él empezó a moverse por el sur de Brasil detrás del trabajo: Blumenau, Joinville, los estados de Paraná y São Paulo, Itajaí. Al final se quedó en Florianópolis, donde conoció a su mujer. Llevan 42 años casados.

No tenía previsto ir a la policía. El 1 de septiembre caminaba por la calle, pasó delante de la comisaría y decidió entrar. En la recepción contó su historia a Adriana Ventura Silva, auxiliar administrativa de la unidad, que la escuchó y la puso en marcha.

Los investigadores cruzaron números de teléfono y registros bancarios en las bases de datos oficiales. En 48 horas sabían dónde vivían sus parientes. Siguió una semana de llamadas diarias, voces que se reconocían poco a poco a través del teléfono, hasta que se fijó el encuentro en persona.

Jovelina, de 60 años, llegó desde Balneário Camboriú; Marta, de 57, desde Navegantes. Las dos viajaron hacia el sur por la costa hasta la comisaría. Para Jovelina, el viaje tenía algo de regreso de entre los muertos: durante años había creído que José había fallecido, porque un tío de Lages lo había dado por muerto. La noticia de que vivía le llegó poco después de haber enterrado a otro hermano.

«Saber que él estaba vivo me dio un alivio».

El reencuentro coincidió con el cumpleaños de José. Él lo describió como «un regalo de Dios» y resumió lo que sentía en pocas palabras: «Estoy feliz de la vida».

Quedan otros hermanos repartidos por el mapa que dibujaron los investigadores. Pero aquella tarde, en una oficina de la policía de Florianópolis, a José le bastó con dos hermanas y con que una de ellas recordara sus manos.