Durante décadas, el río que bautiza a la provincia fue el receptor inevitable de las flaquezas de su infraestructura. Los habitantes de Viedma y Carmen de Patagones aprendieron a convivir con la sospecha del agua, con análisis que revelaban niveles críticos de bacterias y playas cerradas al público justo cuando el sol del verano más apretaba. Aquellos "Abrazos al Río", donde los vecinos rodeaban el cauce para exigir decencia ambiental, han encontrado finalmente una respuesta técnica y humana.

La solución no fue sencilla ni descendente. Para salvar el río, la ingeniería tuvo que obligar al agua a fluir contra su propia naturaleza, impulsándola mediante potentes bombas hacia una meseta árida, ganando altura para alejarla definitivamente de la cuenca. Allí, en un predio de 300 hectáreas, la materia se detiene en lagunas de estabilización donde el tiempo y el sol patagónico realizan el trabajo que antes se le exigía, con crueldad, a la corriente del río.

El esfuerzo no es solo ambiental, sino también de una austera autonomía. La empresa provincial ha logrado que la mayor parte del funcionamiento de este sistema, que consume más de 40 millones de pesos diarios en electricidad, se financie con sus propios recursos, reduciendo la carga sobre el tesoro público. Es una gestión que busca la permanencia, asegurando que los motores sigan girando sin importar los vaivenes políticos.

Hoy, el agua tratada en la meseta se evalúa para el riego de pasturas y cultivos, buscando cerrar un ciclo donde lo que antes era deshecho se convierta en recurso para la tierra seca. Mientras tanto, en la ribera de Viedma, el río recupera su silencio natural, permitiendo que el gesto de acercarse a la orilla vuelva a ser un acto de confianza elemental entre el ciudadano y su paisaje.