El manuscrito salió de México en el equipaje de un maestro francés. Entre los años treinta y cuarenta del siglo XIX, Joseph Marius Alexis Aubin reunió manuscritos indígenas y se los llevó a París. Ya anciano, vendió su colección a Eugène Goupil, coleccionista nacido en México de padre francés. Cuando Goupil murió, su viuda Augustine donó el conjunto a la Biblioteca Nacional de Francia en 1898. Allí ha permanecido desde entonces, catalogado bajo las signaturas Mexicain 59-64, entre unos cuatrocientos documentos del llamado Fondo Mexicano.
Ni siquiera el nombre es suyo. El códice careció de título fijo hasta que el historiador estadounidense Robert H. Barlow, que enseñaba en Ciudad de México, publicó el primer estudio completo en 1949 y lo bautizó por un topónimo que aparece en las escenas iniciales de la migración. Azcatl significa hormiga en náhuatl; Azcatitlan es, más o menos, el lugar del hormiguero.
Las páginas finales muestran jinetes españoles y una iglesia con un fraile. Quien las pintó trabajaba en las décadas posteriores a 1521, formado a la vez en la convención pictórica indígena y en el dibujo europeo.
El préstamo se apoya en la Ley 2026-351 francesa, aprobada este año, que permite restituir bienes culturales adquiridos entre 1815 y 1972 cuando se demuestre científicamente que proceden del saqueo colonial. La Cancillería, la Secretaría de Cultura, el INAH y la Aduana preparan una estrategia conjunta para reclamar de forma permanente más de cien documentos históricos mexicanos que siguen en Francia. La visita del Azcatitlan es el primer movimiento.
Durante los preparativos de la exposición, los investigadores encontraron algo que no buscaban: dos manuscritos inéditos del siglo XVI, también en papel de amate, posiblemente de la mano del artista que pintó el Códice Mendoza, hoy en la Biblioteca Bodleiana de Oxford.
Que el patrimonio esté en México, porque aquí adquiere mayor significado.
La sala abrió el 17 de septiembre. Quien entre verá las páginas mismas, no facsímiles: el trazo original, el color que se detuvo a medio camino, la fundación de Tenochtitlan dibujada por quien todavía recordaba cómo se contaba esa historia.