En esas salas encontró algo que lo inquietaba más que el esfuerzo físico. El progreso se medía con la mirada del terapeuta: mejor, un poco mejor, igual que la semana pasada. Nadie mentía. Simplemente no existía otra forma. La escala clínica de referencia para el brazo y la mano, la Fugl-Meyer, data de 1975 y consiste en que un profesional observe treinta y tres movimientos y puntúe cada uno con cero, uno o dos. Entre dos evaluadores distintos, un cambio menor a unos 12,9 puntos sobre 66 no puede distinguirse de la variación del propio observador.

Maharshi quería un número que no dependiera de quién estaba mirando. Estudió por su cuenta: la especialización en aprendizaje automático de Stanford, cursos de OpenCV y TensorFlow, todo desde la pantalla, en los intervalos entre sesiones de terapia. Trabajó junto a la doctora Ashwini Kale, especialista en neurorrehabilitación.

La primera herramienta se llama FAIR Chance, siglas de Fine Motor Artificial Intelligence Assisted Rehabilitation Chance. Funciona con la cámara de un teléfono o un portátil: visión por computadora que mide los movimientos finos de los dedos, los que hacen falta para escribir o para llevarse comida a la boca. Sin equipo especializado, sin desplazamientos a una de las ciento cincuenta instalaciones del país.

La segunda es una pulsera, Active Hand Wristband. Detecta cuando el paciente se apoya demasiado en la mano sana y responde con una vibración suave. Detrás hay un principio antiguo: lo que Edward Taub, en la Universidad de Alabama en Birmingham, llamó desuso aprendido. El cuerpo compensa con el lado fuerte y el débil se queda atrás. La terapia convencional inmoviliza el brazo sano con un guante o un cabestrillo durante horas. Maharshi sustituyó la restricción por un recordatorio.

Treinta pacientes participan en el ensayo clínico de FAIR Chance, veinte en el de la pulsera. En diciembre pasado, en el Vigyan Bhawan de Nueva Delhi, la presidenta Droupadi Murmu le entregó el Pradhan Mantri Rashtriya Bal Puraskar en la categoría de Ciencia y Tecnología, junto a otros diecinueve niños.

Tiene diecisiete años. La ciudad donde se recuperó cambió de nombre mientras él aprendía a mover otra vez los dedos: Aurangabad pasó a llamarse Chhatrapati Sambhajinagar. Él siguió trabajando en lo mismo — encontrar la manera de que el siguiente paciente sepa, con un número, que está avanzando.

Una vibración en la muñeca en lugar de un cabestrillo: la misma idea, pero pensada por alguien que sabe cómo se siente estar del otro lado.