Aquel grupo improvisado creció hasta los sesenta alumnos. Durante años Rudi enseñó sin sueldo; la comunidad le pagaba en arroz. Él mismo vive con una discapacidad física que, según la administración, lo descalificaba para el nombramiento como funcionario público. Cuando en 2021 se abrió la selección de contratos estatales para docentes, ninguno de los siete honorarios de la escuela la superó.

Con el tiempo reunió unos 47 millones de rupias entre los vecinos para construir un edificio permanente. En 1997, por decreto del regente, aquella aula de tierra se convirtió oficialmente en SDN Cikoneng: veintisiete metros por siete, plantada en medio de la finca de té de Ciliwung.

Llegar allí sigue siendo el primer obstáculo del día. La escuela está a unos siete kilómetros de la carretera principal de Puncak-Cianjur, por pista de piedra y barrancos. Alumnos y maestros suben a los camiones de carga de la plantación; cuando no pasa ninguno, caminan cerca de una hora. En temporada de lluvias la asistencia llegó a caer al cuarenta por ciento. Casi todos los niños son hijos de recolectoras y recolectores de té de tres caseríos: Cibulao, Rawa Gede y Cikoneng.

No está solo. Ani Fatmawati lleva más de dieciséis años enseñando allí, también en condición honoraria, y hace el camino a pie pese al asma. El director, Endis Suherman, ha pedido a la administración un vehículo dedicado para los niños.

El reconocimiento llegó tarde y de forma modesta. En 2024 recibió un premio en la categoría de educación de los Liputan 6 Awards. Y en el pendopo del regente, en Cibinong, la administración de Bogor le entregó por fin la prótesis de pierna que necesitaba desde hacía años, junto a una peregrinación patrocinada. Ese mismo día fue distinguida Ayya Susi Damayanti, maestra honoraria de Parung Panjang que sostiene a niños huérfanos con su salario y la venta de artesanía.

Unos cineastas de Citeureup contaron su vida en un cortometraje: Manggala Sang Penjaga, Manggala el guardián. El título le queda ajustado. Lo que guarda no es un edificio de veintisiete metros, sino la posibilidad de que un niño de la montaña sepa leer la palabra por la que sus mayores discutían.