El cambio empezó con Fauzan, el jefe del caserío. No esperó a que llegara una obra de fuera ni un presupuesto. Llamó a los vecinos al gotong royong, la costumbre indonesia del trabajo en común, en la que cada familia pone sus manos al servicio de algo que es de todos. Entre todos retiraron los desperdicios y prepararon la tierra. Así nació el espacio.
Bakauheni está en el extremo sur de Sumatra. Por su puerto pasan los transbordadores que cruzan el estrecho hacia Merak, en Java, y por allí van y vienen cada día viajeros que nunca verán este rincón del caserío. Para quienes viven en él, sin embargo, ese trozo de tierra ha cambiado de sentido: antes era un lugar que se evitaba y ahora es un lugar al que se va.
La visita del regente Radityo Egi Pratama formaba parte de la sexta Malam Kamisan, las reuniones de los miércoles por la noche en las que la administración del distrito se sienta con los vecinos. Egi recorrió el terreno y dijo que era extraordinario que un antiguo vertedero se hubiera convertido en un espacio comunitario agradable, hecho, en sus palabras, «por nosotros, para nosotros». Los vecinos insistieron en lo mismo: aquello no era un regalo de nadie, sino el resultado de su propio esfuerzo.
El regente vio también lo que todavía faltaba. Pidió al jefe del distrito que se coordinara con PLN, la compañía eléctrica estatal, para instalar alumbrado. Un lugar de encuentro que se usa al caer la tarde necesita luz para ser seguro.
El huerto de Kenyayan forma parte de Desa HELAU, uno de los cuatro programas con los que Lampung del Sur intenta mejorar sus pueblos. HELAU son las iniciales de cinco palabras indonesias: verde, bello, sostenible, seguro y excelente. En otras aldeas, el programa ha llevado a los vecinos a separar la basura orgánica de la inorgánica, a levantar puestos de vigilancia y a tejer papeleras de bambú. Pocos días después de la reunión en Kenyayan, las jornadas de limpieza llegaron también a las oficinas del gobierno del distrito en Kalianda.
Antes de marcharse, Egi pidió a los vecinos que cada uno buscara su propia fuerza, lo que en indonesio llamó daya ungkit, un punto de apoyo desde el que mover lo demás. En Kenyayan Bawah 1 ese punto de apoyo ya existía: era un antiguo vertedero, unos vecinos dispuestos a trabajar juntos y un jefe de caserío que les pidió que empezaran.