Para Torres, el acto de tallar no es un simple empleo, sino una forma de custodia. En su taller familiar, Artesanías Torres, los juguetes y figuras que nacen de la madera son recipientes de una historia personal y colectiva. Durante los días de la Semana Santa, su espacio en el mercado Ancestral se convirtió en un refugio donde el aroma del cedro recién cortado se mezcla con la devoción de quienes recorren el centro histórico.

El mercado no solo reúne a talladores. Allí, la destreza se manifiesta en diversas formas: desde las figuras de calado minucioso de William Fuentes hasta los tejidos del grupo Maleiwa, que trabajan el algodón y el bejuco con una paciencia que desafía la velocidad de la vida urbana. Es un ecosistema de pequeñas empresas familiares que, desde municipios como Barichara o Curití, transportan sus saberes hasta la capital santandereana.

La precisión de estos artesanos se rige por leyes que la ciudad moderna suele ignorar. El tratamiento de las fibras vegetales, por ejemplo, sigue el ritmo de la luna menguante, una práctica antigua que reduce la humedad de la planta y protege el tejido final de la degradación. Es esta atención al detalle lo que transforma un objeto cotidiano en un testimonio de permanencia.

En el Parque García Rovira, entre dulces tradicionales y accesorios religiosos, la labor de estos hombres y mujeres recuerda que la identidad se construye con las manos. Al final de la jornada, cuando las virutas de madera cubren el suelo del puesto de Torres, queda la certeza de que la tradición no es un recuerdo estático, sino un organismo vivo que respira a través del esfuerzo de quienes se niegan a olvidar.