Bajo el nombre de Mâmawô-wîcihitowin, que en lengua cree significa «toda la gente ayudándose mutuamente», el encuentro transforma el espacio urbano de Alberta en un refugio para la memoria. Wayne Jackson, criado en la Primera Nación de Goodfish Lake, habla ante la concurrencia en nêhiyawêwin de las llanuras, demostrando que un idioma es, ante todo, un modo de habitar la tierra. En un rincón, la doctora Darlene Auger dirige sesiones de Wîwîp’son, un columpio terapéutico ancestral que ofrece un balanceo suave y rítmico, devolviendo a los participantes una calma física que precede al aprendizaje.

El propósito de estas jornadas trasciende la catalogación lingüística. Se trata de un proceso que Molly Chisaakay define con una sencillez desarmante: las lenguas están sanando a quienes las hablan. Mientras Roberta Alook representa a una nueva generación que se niega a la amnesia, los asistentes participan en talleres de bordado con cuentas y demostraciones de realidad virtual, utilizando la tecnología para sumergirse en los sonidos de sus antepasados.

La realidad estadística revela una paradoja cargada de voluntad humana. Aunque el número de personas que aprendieron una lengua indígena como lengua materna ha descendido, las cifras del censo muestran un aumento en aquellos que las adquieren como segundo idioma. Es un movimiento deliberado de reapropiación. El proyecto, que cuenta con el respaldo de la Universidad de Alberta, se ha fijado la meta de involucrar a 1.000 jóvenes y 400 maestros para asegurar que el conocimiento no se extinga con los últimos hablantes fluidos.

Nuestras lenguas nos están sanando.

Al final de las sesiones, el eco de las palabras de Lorna Wanosts’a7 Williams, que actúa como maestra de ceremonias, resuena en un espacio donde el idioma ha dejado de ser una barrera para convertirse en un puente. No hay urgencia en sus gestos, sino la paciencia de quien sabe que la restauración de una cultura requiere el mismo cuidado que el tejido de una manta o el aprendizaje de una oración antigua.