Cherkos había vuelto poco antes de Utrecht, donde completó una formación específica en cirugía toracoscópica pediátrica en el Hospital Infantil Wilhelmina, centro de referencia nacional holandés para la atresia esofágica. Lo que aprendió allí exige una precisión particular: el espacio de trabajo dentro del pecho de un recién nacido tiene aproximadamente el volumen de un huevo pequeño, y la sutura debe unir un conducto de pocos milímetros a través de puertos de tres.

Para crear ese espacio, el pulmón de la niña se colapsa parcialmente a propósito. Mientras el cirujano trabaja, el anestesista mantiene la ventilación por un solo pulmón, a través de un tubo más estrecho que una pajita. Alrededor de la mesa había pediatras, personal de quirófano y enfermeras de la unidad de cuidados intensivos neonatales; ninguno de esos puestos era prescindible.

La alternativa habitual es la toracotomía abierta, con la caja torácica separada y una cicatriz que acompaña al paciente toda la vida. Cameron Haight logró la primera reparación de este tipo en Ann Arbor en 1941; el abordaje toracoscópico llegó casi seis décadas después, cuando Steven Rothenberg lo practicó en Denver en 1999.

Esa distancia entre porcentajes explica por qué la operación importa más allá del quirófano. Kenia cuenta con muy pocos cirujanos pediátricos para unos 55 millones de habitantes, y casi todos ejercen en Nairobi. Tenwek, fundado en 1937 como una clínica misionera a unos cincuenta kilómetros de la ciudad de Bomet, sostiene uno de los escasos programas de formación quirúrgica de la región y opera a corazón abierto en su centro cardiotorácico.

Cherkos atribuyó el resultado al equipo multidisciplinar y a su compromiso de dar a cada niño la mejor oportunidad de vivir. Carline fue dada de alta y volvió a Manyoror, en el condado de Kericho. Se alimenta con normalidad.