Para estos intérpretes, el trabajo comienza meses antes de que se enciendan los focos del Wiener Stadthalle. Memorizan cada síncopa y cada silencio para que, llegado el momento, sus cuerpos actúen como un instrumento más. Esta labor humana se coordina ahora con una plataforma denominada Accessify, que permite a los asistentes ciegos y sordos recibir descripciones de audio y traducciones en tiempo real directamente en sus teléfonos móviles.

La experiencia de asistir a un concierto se desprende de su naturaleza puramente auditiva. Los asistentes con discapacidad auditiva utilizan chalecos especiales que convierten las frecuencias bajas en pulsaciones táctiles. Al contacto con el pecho y la espalda, la música deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una presión física, rítmica y cálida que recorre la piel al compás de los bajos.

Este despliegue no es una improvisación técnica, sino la culminación de un proceso que Viena inició por ley en 1991. La ciudad, que ya fue pionera en introducir la lengua de signos internacional en el certamen de 2015, ha integrado estas herramientas en el tejido mismo de su transporte y sus espacios públicos. El diseño del arquitecto Roland Rainer para el pabellón principal, una estructura que ha visto pasar la historia de la música europea desde 1958, se adapta ahora para que ningún espectador quede aislado por la falta de un sentido.

A través de la tecnología Bluetooth y audífonos sincronizados, el evento busca eliminar la barrera del ruido ambiente, permitiendo que la voz del artista llegue limpia y directa al oído de quien la necesita. Es una orquestación minuciosa donde la voluntad de incluir se manifiesta en pequeños gestos técnicos, asegurando que la cultura sea, sencillamente, un derecho compartido.