El tatreez no es un lenguaje de símbolos abstractos, sino un inventario doméstico y agrícola. Los motivos se llaman ciprés, luna, flor de naranjo, tienda del bajá, plumas. Durante generaciones, cada región tuvo su dialecto visual: los vestidos de Belén empleaban cordón de seda envuelto en oro y plata, una técnica que en los talleres del pueblo también adornaba las casullas de los sacerdotes; Ramala prefería la seda roja sobre lino blanco; los vestidos de la zona de Gaza eran de índigo oscuro o negro, con puntadas densas y finas. Un thobe de Belén con cordón cosido podía ocupar a una bordadora casi un año.
La política entró en el hilo antes que en los museos. Hasta los años treinta y cuarenta, las bordadoras compraban seda traída de los mercados de Damasco y Alepo; después de 1948, con las rutas comerciales rotas y la población desplazada, pasaron al algodón mercerizado de la casa francesa DMC, cuyos cuadernillos de patrones introdujeron motivos europeos que las mujeres adoptaron y rebautizaron en árabe. Durante la primera intifada, cuando ondear la bandera palestina estaba prohibido en los territorios ocupados, sus cuatro colores aparecieron cosidos en los paneles de los vestidos. Los coleccionistas los catalogaron más tarde como «vestidos de la intifada».
Esa historia se está exponiendo ahora en dos ciudades europeas. La comisaria Rachel Dedman, que lleva una década investigando el tatreez en el Victoria and Albert Museum, ha montado «Thread Memory: Embroidery from Palestine» en el V&A Dundee y «Embroidering Palestine» en el MoMu de Amberes. La mayoría de las prendas históricas que se ven en esas salas proceden de colecciones privadas de Amán, Ramala y la diáspora, muchas compradas a familias que las vendieron en épocas de penuria.
Al mismo tiempo, el punto de cruz se ha trasladado a la ropa contemporánea. El diseñador Ayham Hassan, afincado en Londres, presenta en la muestra de Amberes su colección «IM-Mortal Magenta: The Color That Doesn't Exist», construida sobre patrones de tatreez y sobre Gaza. La diseñadora Ola Muhanna, de Deir Al-Ghusun, en el norte de Palestina, documenta como estudiante de textiles esta moda inspirada en el bordado; una publicación suya de finales de agosto, con un motivo de cadena de margaritas sobre un vestido, alcanzó cerca de dos millones de visualizaciones.
Las bordadoras describen su trabajo como una resistencia contra el borrado cultural. Los archivos de patrones digitalizados y los tutoriales en vídeo permiten hoy aprender fuera de Palestina a partir de cuadrículas que las abuelas guardaban de memoria. En el café de Belén, sin embargo, la transmisión sigue ocurriendo del modo más antiguo: una mujer mira lo que cose la que tiene al lado.