El pangolín gigante es el mayor de las ocho especies del mundo: hasta 1,4 metros de largo y unos 33 kilos. Es nocturno, solitario y no tiene dientes; rompe termiteros con las garras delanteras y recoge los insectos con una lengua anclada no en la boca, sino en el fondo del pecho. Durante décadas se lo dio por desaparecido de Kenia, hasta que unas cámaras trampa en Trans Mara, en el condado de Narok, confirmaron que aún quedaban algunos.

Lo que encontró Tompoy no era un caso aislado. Desde 2022 se han registrado quince muertes de pangolines en la zona, catorce de ellas por electrocución. Una hembra con collar GPS llamada Naserian, seguida durante años por los investigadores, apareció muerta hace poco bajo una cerca de ganado. Unos 268 kilómetros de alambrado electrificado atraviesan hoy el hábitat, después de que el 80% del bosque de Nyekweri fuera despejado en veinte años para granjas y ranchos.

La solución que propuso Tompoy no exige renunciar a nada esencial. Propietarios como Naisenya Rakita y el secretario de la conservancia, Ben Sulel, desconectaron voluntariamente los dos o tres hilos inferiores de sus cercas. El hueco basta para que pase un pangolín y sigue disuadiendo a los leones que buscan ganado.

Michael Koskei, responsable de monitoreo y datos de The Pangolin Project, sigue a siete animales marcados desde una pantalla. Cruza las señales GPS con mapas digitales de las cercas en la plataforma EarthRanger y avisa a los guardas cuando uno de ellos se acerca a un alambre con corriente. Es una vigilancia paciente, hecha de puntos en un mapa y llamadas de madrugada.

El argumento que más ha calado entre los vecinos no es moral, sino práctico. El granjero Ole Manguyo, que antes miraba a estos animales con indiferencia, repite ahora un dato que le cambió la opinión: un solo pangolín se come hasta 70 millones de insectos al año. Más de 6.000 hectáreas de tierra privada están ya bajo acuerdos de conservación, algunos de los cuales contemplan restaurar hasta el 90% del hábitat en quince años.

Los pangolines son los mamíferos silvestres más traficados del planeta, por sus escamas de queratina —el mismo material que las uñas humanas— y por su carne. Contra eso existen tratados internacionales y listas rojas. Contra el alambre inferior de una cerca de ganado, en cambio, sólo sirve que un vecino convenza a otro de desconectarlo.