El anuncio llegó de una alianza poco previsible. La Universidad Nacional Autónoma de Huanta, creada por ley en 2011 y licenciada en 2017 —la segunda universidad pública del país en obtener ese permiso—, trabaja con el Laboratorio Cavendish de Cambridge en un proyecto sobre sistemas ambientales y servicios ecosistémicos de la región. Que el socio británico sea un departamento de física, y no de zoología, dice algo sobre cómo se arman hoy las investigaciones de campo.
El género Phacellodomus debe su nombre al griego phakellos, haz de ramas, y domos, casa. Sus miembros levantan nidos de palos de hasta 60 centímetros de largo, estructuras de medio metro colgadas de ramas desnudas, con una cámara forrada de diez a doce centímetros y una entrada por el costado inferior. Algunas especies añaden cámaras vacías que parecen servir para desorientar a los depredadores. Los nidos se reutilizan y se agrandan temporada tras temporada, y son tan visibles que resulta más fácil censar estas aves por sus casas que por sus cuerpos.
Hasta ahora, el Perú tenía un solo Phacellodomus endémico: el de dorso castaño, confinado al alto Marañón, unos 800 kilómetros al norte de Huanta y conocido en apenas seis localidades. La distancia hace del hallazgo algo más que una curiosidad taxonómica.
Hay una razón histórica para que estos bosques hayan permanecido tan poco explorados. Ayacucho fue el departamento donde comenzó el conflicto armado interno en 1980 y donde se concentró con más violencia; la Comisión de la Verdad y Reconciliación atribuyó a ese solo departamento cerca del 40 % de los casi 69.000 muertos y desaparecidos del país, y Huanta estuvo entre las provincias más golpeadas. El trabajo biológico sostenido en la zona solo se volvió rutinario después del año 2000. Dos décadas de silencio científico explican por qué una ladera a pocos kilómetros de una ciudad de casi noventa mil habitantes podía guardar todavía algo sin nombre.
Barnes, Lema Rivera y el equipo de la UNAH —encabezada por la presidenta Hilda Maribel Huayhua Mamani, con Enrique Rivera Vela en el vicerrectorado académico y Roxani Keewong Zapata en el de investigación— preparan ahora el manuscrito formal: los rasgos diagnósticos, la distribución geográfica, el estado de conservación. Hasta que ese texto se publique, el ave sigue siendo una posibilidad.
El bosque donde vive, mientras tanto, se fragmenta y retrocede. Es posible que la especie se describa y se catalogue como amenazada en el mismo movimiento.