Ángela y María Victoria no se limitaron al asombro; con la precisión que exige su oficio, registraron las coordenadas y medidas exactas de este ejemplar de Chlamyphorus truncatus. Para la doctora Mariella Superina, investigadora del CONICET que ha dedicado su vida a entender a estos animales, cada uno de estos datos es un tesoro científico. El pichiciego menor es un enigma biológico cuya caparazón rosada, unida al cuerpo apenas por una delgada membrana en la columna, cambia de tono según la temperatura, adquiriendo un rosa intenso cuando el animal necesita disipar calor.
Bajo esa armadura, el cuerpo del pichiciego está cubierto por un vello blanco y sedoso que lo aísla térmicamente mientras navega por las galerías subterráneas. Sus garras delanteras, que representan casi una sexta parte de su longitud total, le permiten "nadar" a través de la arena con una eficacia que lo hace casi invisible para el ojo humano.
La historia de la reserva de Ñacuñán, cuyo nombre en lengua huarpe evoca al "águila blanca", es la de una lenta recuperación del ecosistema. Lo que hoy es un refugio protegido de 12.271 hectáreas fue, en la primera mitad del siglo XX, un bosque de algarrobos explotado sin descanso para abastecer de carbón y madera a la ciudad de Mendoza. En este paisaje recobrado, la presencia del pichiciego confirma que el territorio aún conserva la integridad necesaria para albergar especies extremadamente vulnerables.
Pablo Cuello, coordinador de la reserva, sostiene que este avistamiento valida el esfuerzo silencioso de quienes recorren el campo a diario. El pichiciego es una criatura que se niega a la domesticación; en cautiverio, el estrés suele detener su corazón en pocos días. Su existencia depende de que se mantenga intacto ese mundo bajo la arena donde, por un instante, dos mujeres pudieron ver un destello rosado cruzar el camino.