La situación del mono machín es de una fragilidad extrema: este pequeño primate de frente blanca ha visto desaparecer casi la totalidad de su entorno natural en suelo peruano. Sin el dosel protector de las ramas, estos animales se ven obligados a descender al suelo para trasladarse entre parches de vegetación, quedando expuestos a los depredadores en un terreno que no les pertenece. El plan de Gonzaga Cobeñas, estructurado para los próximos cuatro años, se centra en la reforestación con especies nativas para cerrar esas brechas de luz que hoy son trampas mortales.

En el área de conservación regional Angostura Faical, el esfuerzo humano intenta imitar la labor silenciosa de los propios monos. Tanto el mono machín como el mono coto actúan como los jardineros del bosque; al alimentarse de frutos y dispersar las semillas intactas a través de sus tractos digestivos, garantizan que la selva se regenere a sí misma. Es una simbiosis que el avance de los cultivos de banano y maíz ha interrumpido durante décadas.

El proyecto no solo contempla la siembra de árboles, sino el fortalecimiento de la vigilancia en una zona que representa el límite más meridional de la distribución de estas especies en el continente. Para el mono coto, un aullador que dedica gran parte de su día a la digestión pausada de hojas en lo más alto del follaje, la fragmentación del bosque es una condena al aislamiento genético.

Al elevar la protección de estos animales a la categoría de necesidad pública, Tumbes establece una prioridad que trasciende la burocracia. En el rugido profundo del mono coto, que todavía puede escucharse a varios kilómetros de distancia, resuena la persistencia de un mundo que se niega a callar mientras haya hombres dispuestos a sembrar el camino de regreso a las alturas.