Marsters no siempre buscó la flexibilidad del hilo. Su camino comenzó entre las virutas de madera de la escuela de talla, donde se graduó en 2012. Fue el recuerdo de su abuela y la calidez de la comunidad de tejedoras lo que terminó por atraerlo hacia el lino de Nueva Zelanda. Hoy, como tutor principal, su labor de preservar el raranga —el arte del tejido— ha encontrado un nuevo cimiento: la creación de la Fundación NZMACI, que bajo el liderazgo de Tukoroirangi Morgan, financiará por completo a los estudiantes que ingresen en 2026.

El nombre de la escuela, Te Rito, no es casual; designa al brote tierno que crece en el corazón del arbusto de lino, flanqueado y protegido por las hojas más maduras. En este espacio, el aprendizaje sigue un protocolo estricto de respeto a la naturaleza: las hojas se cortan siempre en ángulo hacia abajo para que el agua de lluvia no pudra la planta, y nunca se cosecha bajo la oscuridad o el llanto de las nubes.

La técnica exige una intimidad física con la materia prima. Para obtener el muka, la fibra finísima que se oculta en el interior de la hoja, los alumnos de Marsters utilizan una concha de mejillón para raspar la capa verde exterior hasta revelar un filamento plateado. No hay química moderna en su paleta; el negro profundo de sus mantos nace de sumergir las fibras en paru, un lodo rico en hierro extraído de los pantanos, tras haberlas hervido en una solución de cortezas ricas en taninos.

En el lanzamiento de la nueva fundación, antiguos maestros como Fayne Robinson observaban cómo la técnica pasaba de una mano a otra. No se trata solo de fabricar objetos, sino de asegurar que el gesto antiguo de entrelazar el lino no se pierda en el silencio de la historia. Cada nudo es una decisión de continuidad.