Salehin, jefe del Departamento de Cirugía Endolaparoscópica y Robótica, dirigió una colecistectomía desde una consola situada a unos metros de la camilla. El aparato —un Medbot Toumai, robot quirúrgico endoscópico— entra por incisiones mínimas, gira sus brazos 360 grados y devuelve al cirujano una imagen tridimensional de la anatomía interna. Salehin describió lo que gana el paciente: vasos sanguíneos mejor protegidos, mucho menos sangrado, recuperación más rápida. Calculó que el hombre podría irse a casa en uno o dos días.

En otro quirófano, la profesora Samsad Jahan Shelly, jefa de Obstetricia y Ginecología, practicó una histerectomía robótica a una mujer de 45 años con sangrado uterino anormal. Ninguna de las dos intervenciones fue casual: la vesícula y el útero son las operaciones con que empiezan casi todos los programas robóticos del mundo, porque la anatomía es previsible y el volumen alto. Se aprende con lo conocido.

El Toumai lo fabrica Shanghai MicroPort Medbot, cotizada en Hong Kong desde noviembre de 2021 y presentada como alternativa más barata al da Vinci de Intuitive Surgical, que dominó el mercado durante dos décadas hasta que sus patentes empezaron a expirar. Hay equipos Toumai instalados en Marruecos y Rumanía. Ninguno de ellos decide nada: cada movimiento lo ejecuta un cirujano sentado en la consola, y la ley los clasifica como instrumentos, no como dispositivos autónomos.

Shelly habló de lo que viene: cardíaca, neurocirugía, urología, torácica. Y de por qué importa. Durante años, los bangladesíes que necesitaban una operación avanzada tomaban un avión a Calcuta, Chennai, Vellore, Bangkok o Singapur; llegaron a ser más de la mitad de todos los viajeros médicos extranjeros que recibía la India. Desde 2024, con la emisión de visados reducida, muchos de esos viajes dejaron de ser posibles.

La ambición declarada del hospital es que esos pacientes no tengan que irse. Empieza con dos personas que esta semana durmieron en su propia ciudad.