La transformación administrativa ocurrida en Nuevo México permite que, a partir de marzo de 2026, el sistema de salud estatal asuma el coste de estos ritos. Bajo el nuevo marco de Medicaid, los servicios de los sanadores tradicionales son ahora reembolsables, eliminando la carga financiera que históricamente pesaba sobre las familias de las comunidades rurales. Los pacientes ya no necesitan elegir entre la farmacología moderna y la sabiduría de sus mayores; una derivación médica puede conducirlos legítimamente de vuelta a sus propias ceremonias.
Para jóvenes como Taylor Russel, estudiante de medicina y nieta de curanderos, este cambio cierra una herida histórica. Mientras se prepara para ser médico en la Universidad de Nuevo México, Russel observa cómo la estructura de la salud pública se flexibiliza para permitir que las oraciones y los minerales recuperen su estatus terapéutico. El programa, diseñado mano a mano con los líderes de la Nación Navajo y otras tribus, garantiza que la calidad del cuidado sea definida por quienes mejor conocen el pulso de su propia gente.
Este sistema rompe la norma de las «cuatro paredes» que suele regir la asistencia médica convencional. El reconocimiento oficial permite que el acto de sanar ocurra donde la comunidad lo necesite: en el santuario de un hogar privado, en espacios ceremoniales o al aire libre. Se ha dejado de considerar la cultura como un elemento accesorio para el bienestar, tratándola ahora como su fundamento esencial.
El programa se extiende también a estados como Arizona, California y Oregón, marcando una transición en la que el sistema estatal deja de imponer su lógica para aprender a escuchar. En palabras de Cooeyate, se trata de un gesto que finalmente otorga a las prácticas ancestrales el lugar que les corresponde dentro de la dignidad humana.