Cuando Aysha alcanzó la edad escolar, sus padres se enfrentaron al cálculo que ha vaciado estas islas durante un siglo: marcharse o quedarse sin aula. Bazine, tunecino de 41 años, y Abbate, siciliana de 34, escogieron una tercera vía y pidieron que se reabriera lo que llevaba dos décadas cerrado.
La petición tenía en contra la aritmética del Estado. Las clases de primaria italianas se forman normalmente con 16 alumnos, cifra rebajada a diez en islas menores y zonas de montaña; una clase de un solo niño exige una excepción. El alcalde y Patrizia Muscolino, directora del instituto comprensivo de Lipari —del que dependen todas las escuelas del archipiélago—, respaldaron la solicitud, y la oficina escolar provincial de Mesina la aprobó.
Estamos enamorados de nuestro paraíso, de la naturaleza, del mar, incluso del volcán que se alza sobre nuestras casas. No queremos irnos.
Ginostra no tiene coches. El correo, la compra y los materiales de obra suben a las casas altas a lomo de mula, por escaleras de piedra. Su puerto, el Pertuso, figuró durante décadas como el más pequeño del mundo: admitía embarcaciones de menos de cinco metros y los pasajeros llegaban a tierra en bote de remos, hasta que una ampliación en los años dos mil permitió atracar a los hidroalas.
La despoblación no fue una deriva lenta sino una fuga. La erupción de 1930 empujó a familias enteras hacia Melbourne y Nueva York, y la posguerra hizo el resto. El volcán ha seguido marcando el calendario: en diciembre de 2002 un derrumbe generó un tsunami que obligó a evacuar Ginostra, y en 2019 dos paroxismos llevaron el fuego hasta el caserío.
El caso no es único. Desde Filicudi, una niña de diez años ha escrito al Gobierno pidiendo lo mismo para la secundaria, para no verse obligada a dejar su isla. En Alicudi, la menos poblada del archipiélago, sin carreteras y con mulas por transporte, la escuela ha abierto y cerrado varias veces con matrículas de un solo dígito.
Italia mantiene todavía varios cientos de pluriclassi, aulas que mezclan edades en islas y pueblos alpinos. Lo que ocurre en Ginostra es la versión extrema de esa fórmula: una maestra, una niña, un volcán encima y cuatro kilómetros de sendero hasta el pueblo vecino. Basta con que Aysha se siente en su sitio para que el caserío conserve algo que había perdido.