La tortuga carey, conocida científicamente como Eretmochelys imbricata, encuentra en las playas de Macuro y Macurito uno de sus últimos refugios seguros. Balladares, investigador de la organización Provita y funcionario del Ministerio de Ecosocialismo, recorre junto a los pescadores locales las seis playas principales donde, entre abril y octubre, estos animales emergen del mar para depositar sus nidos. Es una labor de paciencia y vigilancia constante en una geografía aislada, donde la ausencia de carreteras ha preservado el entorno, pero también ha exigido una voluntad humana excepcional para sostener el proyecto en el tiempo.

El desafío no es menor. Las tortugas, que utilizan sus mandíbulas en forma de pico para alimentarse de esponjas en los arrecifes cercanos, depositan nidos de hasta 160 huevos que enfrentan la amenaza de los depredadores naturales y la presión del comercio ilegal. Sin embargo, la organización comunitaria en este rincón del estado Sucre ha logrado revertir el destino de la especie en la zona. La vigilancia nocturna y el traslado de nidos vulnerables han permitido que la tasa de protección supere el 95% en cada temporada, una cifra que refleja la integración total del pueblo en la conservación de su patrimonio natural.

La educación ha transformado la percepción de los más jóvenes. Unos 290 estudiantes de las escuelas locales participan cada año en las jornadas de liberación, observando cómo las pequeñas crías buscan el océano bajo la luz del amanecer. Esta continuidad generacional es lo que asegura que, a pesar de las dificultades logísticas, el proyecto no se detenga. Desde 2023, el equipo de Balladares ha extendido su observación al comportamiento de los juveniles en las zonas de pesca artesanal, buscando formas de convivencia que no perjudiquen el sustento de las familias ni la integridad de las tortugas.

En este lugar que fue, por un solo día en 1998, la capital simbólica de la nación para conmemorar la llegada de Colón a la masa continental, la verdadera soberanía la ejercen hoy quienes cuidan la vida que emerge de sus arenas. Al caer la tarde en Macuro, el trabajo de Balladares y la comunidad recuerda que la persistencia de un pequeño grupo de personas es, a menudo, la única frontera que separa a una especie de la desaparición definitiva.