Fue el naturalista Johann Natterer quien, en 1818, registró por última vez la presencia de la Ara ararauna en esta geografía. Desde entonces, el silencio de la especie se impuso sobre el paisaje de Río de Janeiro, una ausencia que Marcelo Rheingantz, director de Refauna, ha trabajado durante años para interrumpir. No se trata simplemente de devolver un color al cielo, sino de reintegrar un engranaje vital en una maquinaria biológica que llevaba dos siglos incompleta.

El escenario de este reencuentro es una selva con una historia de voluntad humana: el Parque Nacional de Tijuca. En 1861, ante la escasez de agua que amenazaba a la ciudad, el emperador Pedro II ordenó la reforestación de estas laderas, antes devastadas por el café. Pero aquel bosque, aunque denso y verde, nació herido por el "síndrome de la selva vacía": faltaban los animales encargados de dispersar las semillas más resistentes.

Durante siete meses, las aves se prepararon para este momento bajo la mirada atenta de Lara Renzeti. En su recinto de aclimatación, aprendieron a reconocer los frutos nativos y a fortalecer sus músculos para las corrientes térmicas de la montaña. El ejercicio más difícil, sin embargo, fue el del desapego: aprender a desconfiar de la mano humana que les proveía alimento, una precaución necesaria en un parque que recibe a cinco millones de visitantes cada año.

El éxito de la misión se percibe en un sonido concreto: el chasquido seco de una semilla de palma al romperse bajo la presión de un pico diseñado por la evolución para esa única tarea. Al abrir esos frutos que nadie más puede penetrar, las guacamayas permiten que la selva se regenere a sí misma. El objetivo de Refauna es alcanzar una población estable de 50 individuos en el próximo lustro, devolviendo a la ciudad un fragmento de su identidad natural perdida.

Mientras las aves se pierden entre las copas de los árboles, los biólogos permanecen en tierra, monitoreando los dispositivos de rastreo. La meta no es el espectáculo, sino la autonomía. En ese aleteo que se aleja hacia el interior del parque, se reanuda un diálogo entre el ave y el árbol que había quedado suspendido hace doscientos años.