Lo que Ward oyó ese día no era todavía la voz de su padre. Quienes reciben un implante coclear suelen describir las primeras señales como pitidos, algo mecánico, un código que el cerebro aún no sabe leer. El dispositivo no amplifica el sonido como un audífono: un haz de electrodos introducido en la cóclea estimula directamente el nervio auditivo, sorteando las células dañadas. Entender el habla llega después, tras meses de sesiones en las que un audiólogo ajusta la corriente de cada electrodo, y tras años de terapia.
Por eso la activación es una cita aparte, dos a cuatro semanas después de la cirugía, cuando la herida ha cerrado. Y por eso el momento tiene testigos: los padres vienen a ver el instante en que empieza el camino.
La familia de Ward había renunciado antes a ese camino. El coste del dispositivo, de la operación y del tratamiento estaba fuera de su alcance. En el programa de al-Noor, la intervención fue gratuita.
Mahmoud Abdul-Rabih hizo el mismo viaje desde Beit Sawa, en Guta Oriental, con dos hijos en lugar de uno. Ghina y Adnan aprenden ahora a reconocer sonidos, a asociarlos con palabras, a construir despacio un habla que nadie esperaba de ellos. Casi todas las familias del programa vienen de ese mismo mapa de desplazamientos que dibujó la guerra.
Siria no tiene un programa nacional de cribado auditivo neonatal. La sordera congénita suele descubrirla el padre o la madre, cuando el niño cumple año y medio y sigue sin hablar. Antes de 2011 apenas había capacidad pediátrica para estos implantes fuera de Damasco y Alepo; los cirujanos de oído y los audiólogos estuvieron entre quienes se marcharon en mayor número. Las unidades que hoy funcionan en el noroeste se levantaron durante la guerra, en su mayor parte con financiación externa.
La edad importa más que casi cualquier otra cosa: los niños operados antes de los dos años alcanzan un lenguaje propio de su edad con mucha más frecuencia que los operados después, porque la corteza auditiva todavía se está reorganizando. Cada mes de espera pesa.
El hospital está en Babisqa, una aldea que se asienta entre las llamadas Ciudades Muertas del norte de Siria, entre los restos de una basílica del siglo IV. Allí, quince veces desde agosto, un médico ha encendido un pequeño aparato y ha esperado a que un niño girara la cabeza.