Para Mazzella Maniwavie, directora del programa Mangoro Market Meri, el lodo de Bootless Bay es un paisaje familiar. De niña, recorría estas mismas ensenadas siguiendo los pasos de su padre, biólogo marino en la Universidad de Papúa Nueva Guinea. Hoy, Maniwavie regresa al lugar de su infancia con un propósito distinto: organizar a las comunidades para que vean en el manglar no solo una fuente de madera para chozas, sino un aliado vivo que respira.

El crecimiento de la capital ha presionado estos ecosistemas; la ciudad ha duplicado su tamaño en pocas décadas, alcanzando los 400.000 habitantes. Ante la necesidad de combustible y espacio, el manglar suele ser el primero en desaparecer. Sin embargo, el programa liderado por Maniwavie desde 2016 propone un pacto de convivencia. Las mujeres de la zona, que históricamente han recolectado mariscos en las mareas bajas, asumen ahora la custodia de los bosques a cambio de nuevas oportunidades económicas.

La economía de este esfuerzo se mide en el peso de los ejemplares de Scylla serrata, el cangrejo de fango. En lugar de talar los árboles, las familias aprenden a navegar las zonas intermareales con ganchos de madera, extrayendo los crustáceos de sus madrigueras para venderlos vivos en el mercado de Koki. Un solo ejemplar puede alcanzar los 50 kinas, una cifra que sostiene hogares sin necesidad de derribar un solo tronco.

Mientras tanto, en las montañas de Simbukanam, hombres como Lawrence Micah trabajan en la cartografía de las tierras comunitarias. El objetivo es el mismo que el de Dulcie y su padre en la costa: establecer límites claros que detengan a la industria maderera ilegal. Es un acto de paciencia y orden, donde la supervivencia de una comunidad se asegura protegiendo la integridad del suelo que habitan.

El manglar no es solo un árbol, es el aliento de la costa que protege a quienes saben esperar sus frutos.

Al final del día, Dulcie y Koivi regresan a su vivero. Saben que cada bolsa negra representa un gesto de resistencia contra la erosión. No hay urgencia en sus movimientos, sino la precisión de quien comprende que el ritmo de la naturaleza no puede apresurarse, solo acompañarse.