Helden, investigador de la Universidad Anglia Ruskin, ha recorrido los senderos de Kibale desde hace una década, habituado al peso del aire saturado de agua y al rumor constante de la vida que no se ve. Entre la multitud de insectos que acudieron a su llamada luminosa, siete pequeñas criaturas de apenas unos milímetros captaron su atención. Pertenecen al género Batracomorphus, cuyo nombre griego alude a su fisonomía de rana: ojos bulbosos orientados hacia el frente y unas patas traseras plegadas con la tensión de un resorte, capaces de proyectarlos en saltos fulminantes.
La identificación de estas especies exigió una precisión que la vista desnuda no alcanza a ofrecer. Debido a que estos insectos son prácticamente idénticos en su exterior, el doctor Helden tuvo que recurrir al examen microscópico en la quietud de su laboratorio. En la naturaleza de los Batracomorphus, la reproducción opera mediante un mecanismo de cerradura y llave; solo la morfología única de sus estructuras genitales permite confirmar que una población ha permanecido aislada de las demás, siguiendo su propio curso evolutivo.
El trabajo, publicado recientemente en la revista Zootaxa, trasciende el rigor taxonómico para tocar una fibra íntima. Helden ha bautizado a una de las especies como Batracomorphus ruthae, en memoria de su madre, Ruth. Ella, también científica, fue quien alentó sus primeras preguntas sobre los seres vivos antes de fallecer poco antes de que este descubrimiento se completara.
La presencia de estos saltamontes, que sirven de sustento a aves y arañas, actúa como un testimonio silencioso de la integridad de la selva. En un rincón del mundo donde el hombre a menudo solo ve una masa verde impenetrable, Alvin Helden ha encontrado la prueba de que el orden natural sigue dictando sus leyes, especie a especie, en el sigilo de la noche ecuatorial.