La desaparición de la nutria gigante en Argentina no fue un proceso invisible, sino una consecuencia de su propia naturaleza. Al ser animales profundamente sociales, ruidosos y diurnos, los grupos familiares permanecían cerca de sus compañeros heridos, lo que facilitó su exterminio a manos de los cazadores de pieles. Para mediados de la década de los ochenta, el silencio en los canales de Iberá era total; el mayor depredador acuático de la región se había desvanecido, dejando un vacío en la regulación de las poblaciones de peces.
La tarea de Di Martino y su equipo comenzó mucho antes de que el primer ejemplar tocara el agua. Desde 2017, se tejió una red de colaboración que unió los humedales correntinos con zoológicos de Budapest, Halle y Los Ángeles. Estos individuos fundadores, nacidos en cautiverio a miles de kilómetros, tuvieron que aprender a reconocer las corrientes y a cazar presas vivas en corrales de pre-suelta construidos sobre el mismo lecho del río, protegidos por el denso monte ribereño.
El regreso de esta especie no responde a un deseo estético, sino a una necesidad funcional. Como depredador tope, la nutria organiza la vida bajo el agua, seleccionando y controlando el ecosistema con una precisión que ningún otro habitante puede replicar. Al reintroducir familias completas, el proyecto busca restaurar no solo una población, sino una dinámica social compleja que se comunica mediante gritos y gestos constantes.
Hoy, el proyecto se asienta sobre la gestión de Rewilding Argentina y el apoyo de la Administración de Parques Nacionales. Mientras los animales excavan sus madrigueras en las barrancas de las islas, el esfuerzo humano de casi dos décadas se materializa en un simple chapoteo. Es la primera vez en el mundo que se intenta devolver a esta especie a un lugar donde se la consideraba definitivamente extinta.