El cáncer de cuello uterino es la primera causa de muerte por cáncer entre las mujeres de Papúa Nueva Guinea. Más de mil son diagnosticadas cada año. El país no tiene un programa nacional de cribado: durante la última década, las pruebas se han limitado a estudios piloto. Quien enferma depende de un único edificio, el Centro Nacional del Cáncer en el hospital Angau Memorial de Lae, que alberga el único equipo de radioterapia del país y que estuvo fuera de servicio alrededor de diez años, hasta agosto de 2024, porque la máquina se había averiado. La braquiterapia, el paso interno del tratamiento del cáncer cervical, comenzó allí este mismo año con apoyo del Organismo Internacional de Energía Atómica. La primera paciente fue una mujer con cáncer de cuello uterino.

La vacuna llegó gracias a Gavi, la Alianza para las Vacunas, y a UNICEF, que entregaron el primer envío de 100.000 viales; se esperan otros 180.000. Desde noviembre, la Fase 1 del programa gratuito se extenderá por el Distrito Capital Nacional y la Provincia Central, con el objetivo de vacunar a unas 60.000 niñas de entre nueve y catorce años, antes de alcanzar poco a poco otras provincias, incluidas las niñas no escolarizadas y las de zonas remotas, a través de centros de salud y trabajo comunitario.

El programa entra en uno de los sistemas de inmunización rutinaria más frágiles del mundo. Aquí la pauta de dosis única no es una simplificación administrativa, sino la diferencia entre llegar y no llegar: el grupo asesor estratégico de expertos de la OMS concluyó en abril de 2022 que una sola dosis ofrece una protección comparable a la de las pautas de dos y tres, y la organización revisó sus recomendaciones ese mismo diciembre. Una niña de una aldea del interior no tendrá que ser localizada de nuevo seis meses después.

El Departamento Nacional de Educación figura entre los socios de ejecución, porque las dosis se administran en las escuelas. La OMS aporta formación de personal sanitario y seguimiento; UNICEF se ocupó de la compra, la cadena de frío y el trabajo con las comunidades. El modelo de la OMS y el UNFPA sitúa en 2085 el año en que el país podría alcanzar el umbral de eliminación, si vacunación y cribado se amplían.

Es un horizonte largo, medido en generaciones. Remax Daniel y Dulcie Philip no lo verán como estadística, sino como ausencia: la de una enfermedad que se ha llevado a madres, hermanas e hijas y que, para las niñas que hoy se remangaron la camisa en Port Moresby, tendrá muchas menos ocasiones de hacerlo.