El pequeño, trasladado de urgencia desde la aldea de Bassous, en la gobernación de Qalyubia, llegó al hospital con una herida de perdigones que había devastado su extremidad. El plomo no solo había destrozado la piel, sino que había borrado el músculo y los conductos vitales de la sangre, dejando el hueso completamente expuesto al aire. Ante una lesión de tal magnitud, la norma quirúrgica suele dictar la amputación, pero en las salas del Instituto Nasser, un centro público que recibe los casos más complejos de Egipto, se decidió intentar lo casi imposible.

La operación exigió una coordinación absoluta de voluntades. Mientras el equipo de anestesia, dirigido por el doctor Mohsen Badawi, mantenía la estabilidad del niño durante un día entero de inconsciencia inducida, dos grupos de cirujanos trabajaban en simetría. Unos preparaban el lecho herido en la pierna; otros extraían con delicadeza un injerto de músculo y piel de la espalda del propio menor para trasladarlo al vacío dejado por el disparo.

El momento crítico de la jornada ocurrió cuando el doctor Ayad y sus colaboradores, entre ellos Ahmed Omar Bahlas y Ahmed Khashaba, debieron conectar las arterias y venas del nuevo tejido. En ese espacio minúsculo, donde el pulso del cirujano debe ser más fuerte que el cansancio, se restableció el flujo de la vida hacia la pierna. El éxito de la operación no se anunció con palabras, sino con el cambio de color del tejido trasplantado, que pasó del blanco inerte al rosado tibio de la circulación recuperada.

En los días posteriores, el silencio del quirófano fue sustituido por el sonido rítmico de la sonda Doppler, que confirmaba en cada guardia que la sangre seguía fluyendo. El reconocimiento formal del Sindicato Médico de Egipto al equipo de Mahmoud Said no fue por la complejidad técnica, sino por la negativa a aceptar lo fácil. Al final, lo que queda es el gesto de unos hombres que dedicaron su jornada más larga a asegurar que un niño de cinco años pueda, algún día, volver a correr por las calles de su aldea.