O’Gorman, investigador del CONICET, comenzó a despejar la línea del cuello con una mezcla de premura y precisión técnica. En la Antártida, el tiempo de trabajo no lo dictan los relojes, sino la llegada inminente de la nieve. La excavación se transformó en una carrera contra el clima; apenas lograron rescatar las piezas principales antes de que una tormenta de varios días los obligara a refugiarse en la base, dejando el yacimiento sepultado bajo el manto blanco.

El hallazgo resultó ser excepcional. No solo recuperaron el tronco y las extremidades en forma de aleta, sino también el cráneo, una pieza que rara vez sobrevive al paso de los milenios en condiciones de articulación tan perfectas. Esta nueva especie, bautizada como Marambionectes molinai, representa una forma de transición entre dos grupos de reptiles marinos, uniendo los linajes que habitaron las aguas de la actual Nueva Zelanda y el sur de América.

El nombre de la criatura encierra un homenaje silencioso a la historia de la ciencia argentina. Al llamarlo molinai, O’Gorman y su equipo han querido recordar a Omar José Molina, quien en los años setenta fue el primer técnico en paleontología en trabajar en el continente blanco. Es un reconocimiento al trabajo manual, a menudo invisible, que permite que estas piezas lleguen intactas a los museos.

Entre las costillas del fósil se hallaron gastrolitos, pequeñas piedras redondeadas que el animal tragaba de las orillas para ayudar a procesar sus alimentos o para ajustar su flotabilidad en las profundidades. Esos guijarros, mudos y pulidos, son el único rastro físico de las costas que el plesiosaurio visitó antes de la gran extinción que borró a su especie del mapa del mundo.